Cada viajero tiene una  manera preferida de preparar un viaje  o de no hacerlo. Yo soy de esos últimos.

Adoro los libros de viajes, las guías turísticas, los folletos de promoción de comarcas, regiones y ciudades. Escribo sobre destinos, sería una incoherencia que no me gustara todo ese tipo de material. Sin embargo, nunca preparo con antelación los viajes. A lo sumo, tengo en algún meandro del cerebro una referencia, la mayor parte de las veces por haber leído una guía a destiempo, pero siempre voy en blanco.

Cuando llego a un lugar desconocido, a veces, me acerco a la oficina de turismo más próxima y pido un plano para orientarme. Otras, ni siquiera eso. Directamente y sin referencias, camino, paseo, deambulo, observo, escudriño, me cuelo, me empapo de todo lo que me rodea y dejo que mis pasos me pierdan.

No es una manera perfecta de hacer turismo, lo se. Pero es que a mí no me gusta hacer turismo en el sentido estricto (y eso que llevo muchos años dedicándome a este sector de manera profesional), ni sentirme una turista en ningún sitio.

Prefiero acercarme a los lugares sin ideas preconcebidas. Dejar que la realidad me sorprenda y que cada nuevo espacio sea como un lienzo en blanco sobre el que dibujar mi propio mapa.

Os cuento todo esto porque fue así, vagabundeando, como me topé con el Atrio de Saint Maclou en Ruan. Un descubrimiento inesperado e inquietante. Luego leí sobre este monumento y completé mis primeras impresiones con muchos datos y detalles, pero ese primer encuentro sorprendente y “furtivo” permanece intacto en mis recuerdos.

Una mañana de las muchas que he pasado en esta preciosa ciudad (os hablaré de ella con cierta frecuencia), me fui de paseo hasta la Plaza San Marcos  buscando un poquito de sol otoñal.

Normandía es muy lluviosa y los días de otoño muy variables. Hay días fantásticos con un calor suave y luminoso y las terrazas se llenan de gente Los ruaneses se acercan a Place Saint-Marc a sentarse en alguna de sus terrazas y aprovechar toda la luz que son capaces de absorber mientras toman un café o un menú en alguno de sus restaurantes.

Mis pasos me encaminaban ligeros a la plaza pero un zaguán abierto a un pequeñísimo patio donde se veían los clásicos muros de construcción medieval me invitó a entrar y averiguar si había algo digno de ver. Al fondo se divisaba una puerta de cristal a través de la que pasaba demasiada luz para tratarse de un corredor cubierto y la curiosidad me pudo.

collage Saint Maclou

Tras esa puerta se encontraba una especie de claustro. Hacía sol, como ya he dicho y unos bancos muy bien situados bajo diversos árboles daban al entorno un aspecto de calma y contemplación, de espacio para el esparcimiento y la lectura más propios de un convento.

Se trataba de un patio rectangular de unos 1500 metros cuadrados con galerías a todo su alrededor construidas a la manera típica normanda con tabiques de vigas de madera y adobe intercalados con ventanas de cuarterones de cristal y apoyados sobre un basamento de piedra. En las intersecciones se veían pilares de madera muy antiguos, ennegrecidos y tallados con figuras de calaveras, tibias, guadañas y toda una serie de figuras fantasmagóricas que conferían al espacio un aspecto bastante siniestro.

En cambio, los árboles tan verdes, la sombra sobre los bancos, algunas personas que comían distraídas su almuerzo, una cruz en medio de la plaza sobre un pedestal con escalones…todo era un contraste curioso.  ¿Qué será este lugar?

Ni más ni menos que un antiguo cementerio, fosa común y osario. Uno de los pocos ejemplos de este tipo que quedan en toda Europa. Y también la sede de la Escuela Regional de Bellas Artes de Ruan.   La inspiración artística, la VIDA en mayúsculas y la muerte en el mismo escenario. ¡Qué alegórico!

Su construcción original se remonta a la Peste Negra de 1348, la epidemia más devastadora de la historia de la humanidad que acabó con la mitad de la población europea.

Una segunda epidemia en el siglo XVI obliga a la Parroquia de Saint-Maclou a ampliar las instalaciones y se decide construir unas galerías a las que luego se añadirá en el s. XVIII una planta con buhardillas o desvanes. La parte superior entre la mampostería no tenía cierres para ventilar el osario.

En 1526 se inician las obras por la galería oeste y se continúan por el lado norte. Finalmente en 1651 se construye la galería sur para albergar la escuela para niños pobres que permanecerá en uso, junto con el osario hasta 1779 cuando el Parlamento de Normandía ordena la supresión de este tipo de cementerios  urbanos.

En 1911 se convertirá en internado para señoritas y finalmente la ciudad se hace cargo del conjunto en condiciones muy penosas y lo convierte en sede de la escuela de Bellas Artes.

Al margen de lo que pueda parecer por su antiguo uso, el atrio tiene mucho encanto y es un rincón más que disfrutar en esta interesantísima ciudad. Pero te sientas allí, en uno de sus bancos, observas el entorno y no puedes evitar reflexionar sobre esa brutal epidemia . Sobre los millones  de anhelos rotos, de sueños sin cumplir, de amores sin objeto. Observas tus pies y te planteas lo casual que resulta estar vivo. Un ser infinitesimal, el bacilo Yersinia Pestis en 1320 inició su periplo desde el desierto de Gobi y acabó con millones de criaturas y con la Edad Media, él solito.

El Atrio de Saint-Maclou aparece en todas las guías, no tiene pérdida. Yo me lo encontré por casualidad y la impresión fue impagable. Se puede visitar libremente todos los días, de 08:00 a 19:00 o 20:00 horas dependiendo de la temporada del año. No dejéis de echarle un vistazo si vais a Ruan. ¡Ah, se me olvidaba, si lo visitáis, no dejéis de buscar al gato!

 

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